El abandono es la postura más cómoda de la ignorancia

En el paseo del Prado, según se va, hay un monumento al pensador catalán Eugenio d'Ors. Recuerdo su inauguración en los sesenta, con poetas y políticos. Es una obra bella, sobria, moderna, una metáfora en bronce de Teresa La Bien Plantada, con medallón del maestro. Rafael Borrás, claro y críptico prosador en catalán, sabio y viejo editor, ha mirado el monumento con ojos de visitante y me dice que está abandonado, quebrado, en un olvido de ladrillo y hojas.


Es verdad. Nuestro innombrable alcalde (por poco tiempo) no sólo abandona los recuerdos de los antagonistas (estado lamentable del parque Tierno Galván), sino que ignora hasta el nombre y la memoria de un genio «de derechas», como d'Ors, y en la zona más noble de Madrid desoye, desatiende y descree la voz y el monumento del europeísta conservador, del progresista a paso de minué que fue el gran maestro catalán. Estuve, como digo, en aquella inauguración, y luego me hice una foto, para un reportaje, junto a la Teresa/Sirena. Todo ello es como una glosa de d'Ors en oro y ladrillo, donde Octavio de Romeu, ese Goethe menor de las Ramblas, toma el sol madrileño de la muerte y el olvido, que el olvido sólo es una variante atenuada de la gloria. El desastre municipal, la beocia y la deriva de este alcalde de la derechona tiene todo aquello abandonado, como tantas cosas, porque el abandono es la postura más cómoda de la ignorancia.

El monumento está frente al Museo del Prado, sobre el cual escribiera don Eugenio las páginas más esclarecidas, bellas y serenas que se han producido nunca. Pero toda esta relación de fuerzas culturales, antaño vulnerada dulcemente por el vértigo de los tranvías, es un misterio, una ausencia, una nada para el peor alcalde de Madrid desde mucho antes de Carlos III.

Sólo espero que Juanito Barranco, esa herencia esproncediana de Tierno, recupere la alcaldía para pedirle que montemos una operación de limpieza, restauración y homenaje a d'Ors y su monumento. Con Tierno sí hablé mucho del viejo maestro catalán, una de las sombras más encimadas y nobles que han paseado y glosado este Madrid que sentimos y se nos viene abajo entre brokers neurasténicos, policías cínicos como Vera, mantecas que callan y políticos un poco membrillos, más la gloriosa contaminación, el Museo siempre en mudanza y los trulleros de monóculo que ya le están echando el ojo a otro Banco. 

El maestro de Las Oceánidas diseñó con su mirar entornado un Madrid como un Weimar ajardinado, civil, esbelto, conversado, usual y selecto. En sus últimos tiempos se sentaba en la terraza del Gijón, iniciaba un párrafo glorioso, barroco, irónico, sabio, y en seguida se quedaba dormido. Madrid le debe mucho en cuanto a buen gusto, claridad de ideas urbanas y gracia social. Pero estos alcaldes de clase media y estos quinquilleros de la little Manhattan jamás condescienden a la cultura, al pasado que es actualidad, al corazón sensible, fino, minucioso y delgado de una ciudad que tiene cuatrocientos años y un testigo: d'Ors.

Así es la cultura de la derechona y de la izquierdona, la fiebre del viernes/Bolsa, o ese policía que se parece al Lute de cuando entonces. Y para esto hicimos una transición y vivimos entre alcaldes tontos y políticos sangrientos. Te prometo, Rafael, misterioso arcángel mediterráneo, que nuestro d'Ors (y el de Aranguren y Valverde y el pequeño e ilustrado círculo de los dorsianos), se pasará, cuando menos, otras tres horas luminosas y socráticas en su Museo del Prado.

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