09 marzo 2015

Hablemos del efecto yoyó y la celulitis

"Tengo 40 años, uso una talla 42 y tengo celulitis. Esa es la verdad, mi verdad, y no pasa absolutamente nada. Soy como tantas otras mujeres que engordan cuando comen mucho y adelgazan cuando hacen dieta. Me parto de la risa cuando escucho hablar a modelos que tienen una talla 36 y que dicen que su secreto para estar así es beber mucha agua y dormir ocho horas. Ah, y comer de todo. Eso es lo mejor. 

Me encanta cuando dicen que no se privan de nada, ni de dulces ni de hamburguesas. No, perdona, no me vengas a contar historias. Tú no comes como yo; si comieras como yo, entonces estarías igual que yo. De verdad que me gustaría que estudiaran a todas esas mujeres que dice que comen de todo y no engordan. Que las estudie la NASA o quien sea, y luego me digan cuál es el secreto.

Magia no hay. Ninguna: tengo comprobado que cuando dejo de comer cosas que engordan, cuando cuido mi alimentación y hago ejercicio, tengo el cuerpo muchísimo mejor. Pero hay veces en mi vida en que estoy tremenda, hay veces que engordo 12 kilos del tirón. Y me doy cuenta de que es porque me he pasado muchísimo, y de que, si me controlo, vuelvo a la normalidad. Y así me pasa: es lo que los médicos llaman el efecto yoyó, y yo soy un buen ejemplo de ello.

Sé perfectamente que una alimentación equilibrada y sana es sinónimo de una vida sana. Y que no debemos cuidarnos solo para el verano y ponernos hasta arriba en Navidad. Pero no soy muy buena predicando con el ejemplo, pues normalmente me encuentro inmersa en dos situaciones: momentos en los que me lo como todo, porque soy muy ansiosa, y otros en los que estoy a régimen estricto. No tengo un término medio que me mantenga en un peso estable. Por eso entiendo muy bien a las mujeres que lo pasan mal en relación con este tema.

FUERZA DE VOLUNTAD. Hay algo que he ido aprendiendo con los años: la mente manda, y hay etapas en mi vida en las que me cuesta muchísimo más hacer dieta. En esos momentos, cuando no estoy preparada para hacerla, me digo que tranquila, que no pasa nada, que ya llegará el día en que me sienta con fuerzas para adelgazar, para ir al gimnasio, para cuidarme. Pero no me torturo, ya no. Porque la vida es muy corta, y nos pasamos el día quejándonos. Y yo quiero transmitírselo a otras mujeres: no te tortures, olvídate, vive el día a día y ya llegará tu momento. Y si no estás capacitada ahora para sacrificarte, no lo hagas, porque seguro que llegará el día en el que tu cuerpo te lo pida. No tenemos que estar llorando por nuestros kilos de más, sin querernos. Quiérete tal como eres. Punto.

Yo cuento estas cosas porque creo que no debemos avergonzarnos de ser como somos. Lo explico en mi libro, un libro que va dirigido a la mujer real, a la que yo defiendo. Y creo que una de las razones por las que las mujeres se identifican conmigo, me muestran su cariño y no me perciben como una amenaza es por esto: porque hablo con claridad, de forma valiente, sincera y sencilla. Para hablar de mi físico y de todo lo demás: de cómo lucho por mis sueños, de cómo amo, de lo que he sufrido, de cómo me sobrepongo a los contratiempos. Y, especialmente, para intentar defender que tengamos seguridad en nosotras, que somos una especie única y podemos con lo que nos echen.

Constantemente escucho hablar a mujeres que no están contentas con su cuerpo. Nos pasamos el día machacándonos. Veo a mujeres que dejan de comer, que sufren porque no tienen esa talla 38 que sale en las revistas. Y quiero darles a entender que no hace falta tener ese cuerpo para ser feliz, que esa mujer que nos proponen como ideal es alguien que se dedica a la moda, que es una excepción. La mujer real, como yo y como casi todas, no se dedica a posar, no vive de ello.

Muchas veces me pregunto por qué nos preocupamos innecesariamente con la imagen, con el físico, con el cuerpo que querríamos tener. Yo he sido siempre la que soy ahora: una mujer grande. No he tenido una talla 40 en mi vida. No sé lo que es esa talla. Es cierto que, cuando era adolescente, me miraba en el espejo y me entraban esas inseguridades, no cabe la menor duda de que se llegan a tener, y de que se sufre por ello. Hasta que llegó un día en que me paré y me dije que ya estaba bien. Ni somos una talla ni tiene sentido esa angustia que sentimos por seguir la moda, por estar al día, por podernos poner lo que se supone que se lleva.

NORMALIDAD. Yo no quiero ser ejemplo de nada, no me considero mejor que nadie. Pero sí soy consciente de que para muchas mujeres soy un referente. Lo noto, es algo que se palpa y la verdad es que me gusta, porque espero que, si se tienen que fijar en alguien, se fijen en mí, porque yo no me paso la vida anhelando y queriendo ser quien no soy. Se trata de amar lo que eres. Que nos miremos al espejo y nos pongamos lo que realmente nos queda bien, aquello que resalta lo bonito que tenemos y disimula lo que menos nos gusta. Y eso sí, teniendo en cuenta lo que somos, sabiendo cuál es nuestro punto de partida.

¿Y cuál es mi punto de partida? Como decía, yo soy grande. Y me he pasado la vida a régimen, pero no para tener una talla 38, porque eso es algo fuera de mi alcance. A mí me gusta vivir intensamente y la comida es un inmenso placer para mí. Por tanto, cuando me excedo, me pongo a régimen, pero no con el fin de quedarme en los huesos, sino para evitar llegar a tener una talla 58, que es la que podría alcanzar si no me moderara. Sencillamente, hago régimen para tener salud y encontrarme mejor. La mujer que compra la ropa que diseño es una mujer como yo, y es a la que defiendo. Se puede ser sensual y guapa, sin ser esclava de un tallaje.

También quiero aclarar que, pese a esta imagen de seguridad, dentro de mí hay una mujer que a veces se desmorona. Una mujer frágil y tímida. Aprendí a romper mi timidez sobreponiéndome a mis miedos, angustias y dudas. Estudiándome a fondo aunque jamás he acudido a ningún psicólogo. Y claro, también he estudiado mucho mi cuerpo: ¿me pondría un short? Jamás. ¿Me pondría una minifalda? En la vida.

Contar todo esto me ha granjeado la empatía de las mujeres, y de alguna manera es el germen del libro que he escrito. No me da miedo decir las cosas. Y da igual ser más guapa, más fea, más delgada, más gorda: cada una es única. Hay que reírse de una misma, es un ejercicio muy saludable, porque cada cosa tiene la importancia que uno le quiera dar. Por ejemplo, asumir los michelines que me sobran y reír me de ellos delante de cualquiera, incluso enseñarlos, es una conducta que a mí me hace sentir muy bien, me libera.

Con todo esto no quiero decir que no haya que cuidarse. Evidentemente es bueno que hagamos ejercicio y mejoremos nuestra alimentación, pero por una cuestión de salud. Y, si llega el momento de ponerse a dieta, hay que hacerlo con sentido común: es importante que sea un especialista quien te guíe a la hora de seguir un régimen, quien controle tu peso y te marque los alimentos adecuados. Ese es, sin duda, el mejor camino para adelgazar de forma saludable".

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