16 octubre 2014

Torrente y las señoras desnudas

Vacunado contra la incredulidad de las señoritas espectaculares, miraría con elegante sorna a una señorita absolutamente espectacular y le diría con irresistible aplomo: "Me llamo Bond, James Bond". Lo que ocurriría entonces con la señorita espectacular lo tiene Santiago Segura perfectamente previsto. Para qué vamos a engañarnos: el implacable destino de un montón de señoritas espectaculares, de razas surtidas, es uno de los pilares imprescindibles del sueño de Santiago Segura, convertido en el Agente 007, con licencia para matar. 

A Ursula Andress le daría un pasmo. Santiago Segura sonreiría con clase, pero castigador: "Ciao, Ursula". ¡Será por falta de señoritas espectaculares! Y, junto a las señoritas, el Aston Martin, el dry martini, la pistola cruzada con mucha soltura sobre el hombro, una maravillosa colección de juguetes electrónicos los cachondísimos gadgets de James Bond capaces de volver loco de contento a cualquier chiquillo aunque sólo sea la mitad de fantasioso que Santiago Segura, y, por supuesto, pelo, un buen pelo compacto, a la vez que suave, lustroso y bien cortado. 

En la foto, quiere salir guapo, con pelo. Santiago Segura sabe que el James Bond de toda la vida tiene un ramalazo fachilla que, bien mirado, tira de espaldas, pero hasta eso lo arreglaba él en un santiamén. En su sueño se ve con su smoking, su fusca de postín, su competencia y su desenvoltura para darles pasaporte a los mangas, pero con una chapita de Greenpeace en la solapa. 

"Mi misión sería salvar al mundo de los vertidos tóxicos y, para remate, acabar con Chirac, presidente de Francia". Por lo de las pruebas nucleares, claro. Estamos en una cafetería de apariencia sensata y son las seis de la tarde, pero pedimos unas cocacolas y, de aperitivo, nos sueltan un par de alarmantes boquerones rebozados. 

Como Chirac no cae muy a mano en estos momentos, nuestro James Bond, con el risueño arrojo que le caracteriza, decide acabar con los boquerones. 

Se zampa uno. Escucha un momento el terror de su estómago y dice: "¡Ha vuelto la guerra fría!". Por descontado, ni la guerra fría, ni los vertidos tóxicos, ni Chirac ni los boquerones le impedirían pasar del Oriente misterioso a los Alpes suizos ni disfrutar de los paraísos polinésicos y las señoritas espectaculares. Se zampa el otro boquerón. Pedimos a urgencias otras cocacolas y esta vez, de aperitivo, nos traen una sobrecogedora tortilla de patatas con mayonesa. "Esto se pone como las buenas películas de Bond, las de antes, no las de ahora, que son unas mariconadas".

Santiago Segura se recuerda un verano cualquiera, en una terraza, viendo al aire libre Diamantes para la eternidad y preguntándose qué demonios estaba él haciendo allí, mientras James Bond hacía una escabechina, ligaba tías monumentales y se lo pasaba en grande en sitios cojonudos. También se recuerda como niño de Carabanchel, adicto a los tebeos adicción que conserva, aunque ahora se hayan vuelto cómics , esperando el veraneo baratito en alguna cala de Almería, o disfrutando, por fin, de un verano glorioso en Jávea, después de adelgazar un montón de kilos, con todo su pelo, arrasando entre las chavalas. "Tenía 19 años y, hasta entonces, ni un besuqueo". 

En Jávea se puso las botas, como seguro que se las apaña para ponérselas en la película Torrente, el brazo tonto de la ley, cuyo guión está escribiendo y que va a dirigir y protagonizar enseguida. Claro que nada en comparación con el lote que se pegaría en su sueño de verano y del resto de las estaciones, en su frenesí peliculero como James Bond. "Es mi lado infantil el que me tiene colgado de James Bond". Ojalá le dure. 

Ojalá nunca envejezca ese lado de Santiago Segura. Porque le queda una arriesgada misión por cumplir. Porque se le ha escapado vivo un tremebundo enemigo. Porque aún anda suelto por ahí, aniquilados los boquerones, un morrocotudo peligro: aquella tortilla española con mayonesa.

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