30 abril 2017

Préstamos rápidos con ASNEF

Si te hace falta un crédito rápido y estás en ASNEF, has encontrado el lugar adecuado. En el ámbito español son sólo algunas las entidades financieras que conceden préstamos rápidos con ASNEF para todas aquellas personas incluidas en este registro de morosidad.

Hasta hace algunos años, estar en un registro de morosos se debía a errores en la facturación de empresas de telefonía o a pequeñas deudas contraídas. En la actualidad, cualquier hijo de vecino que haya pasado por una mala racha económica, puede verse en un impago y estar inscrito en uno de estos registros de morosidad.

Por este motivo los préstamos rápidos para personas en ASNEF son la mejor solución a la que acudir en el caso de necesitar una inyección de liquidez.

De este entidades bancarias a empresas de comunicaciones o energéticas, consulta este fichero para valorar el riesgo de conceder sus servicios a personas en el incluido, de manera que no conceden préstamos rápidos con ASNEF a algunas de ellas. Así es como se protegen de posibles malos clientes, pero también se excluyen a personas que por circunstancias puntuales no han podido hacer frente a pequeños desembolsos y se ven incluidos en la lista de morosos.

En este saco también están incluidos aquellos consumidores que por errores en las facturas, problemas en las bajas de servicios, confusiones en sus datos personales, han dejado facturas sin pagar en alguna de estas empresas.

Las siglas de ASNEF, trae de cabeza a muchas personas y les quitan el sueño a otras tantas, pues para el consumidor significa estar dentro uno del circuito de crédito bancario y del consumo. ASNEF es un acrónimo que significa asociación nacional de establecimientos financieros de crédito, esta asociación fue creada en 1957, gestiona una base de datos que recoge los impagos en los que ha podido incurrir una impresa o particular. Esta base de datos se conoce comúnmente como lista de morosos o fichero de solvencia. En realidad este registro del que es propietario ASNEF, en el que nadie quiere figurar, es utilizado por Equifax, de ahí que se confundan los nombres, pero en realidad nos referimos al mismo fichero.

Si te encuentras incluido en este registro debido una deuda y pretende es salir de ella, lo mejor es abonar la deuda contraída. Salir del registro no es tan inmediato como puede parecer a simple vista, ya que no tiene la rapidez deseada y está en manos del acreedor el darte de baja una vez que haya constatado que la deuda está abonada.

A diferencia de hace algunos años, estar en un registro de morosos no deja ningún estigma, una vez que estás fuera del registro no se deja huella y nadie debería de saber que alguna vez estuviste incluido.

A pesar de que es importante estar fuera de el registro de morosos de cara a la concesión de un crédito, son cada vez más las compañías privadas que otorgan préstamos rápidos con ASNEF, la devolución del importe prestado es bastante más rápida y accesible para clientes cuando ya se trata de cantidades algo mayores. Así es como manifiestan su confianza en los consumidores que están incluidos en este listado.

Lo primero es escoger el plazo y el importe de devolución, utiliza para ello la calculadora te verás en las páginas web de las entidades. El resultado que nos da la calculadora es la cantidad final que deberás devolver, sin letra pequeña. Prepara la documentación que deberás de remitir por correo, un justificante de ingresos, ya sea paro o pensión, una copia de la cartilla bancaria o de la cuenta online, copia del carnet de identidad a color por ambos lados.

Cuanto antes envíes estos documentos, antes recibirás el dinero. Recibirás una llamada de verificación por uno de sus agentes, para contrastar tu identidad, evitando así posible sus plantaciones.

Puedes disfrutar de hasta 500 € en sólo unos minutos ingresados en la cuenta bancaria elegida por ti.

29 abril 2017

Familia de ultra-ortodoxos

Durante los diálogos que se llevan a cabo estos días sobre las maneras de detener a Sadam Husein, a los argumentos estratégicos y tácticos han venido a añadirse otro tipo de argumentos que, en definitiva, parecen oponer simplemente a toda costa (o casi) una mentalidad pacifista a una mentalidad «realista» que considera inevitable la guerra y que, por lo tanto, opta por que se llegue a ella lo antes posible, cuando todavía existen posibilidades de acabar rápidamente con el conflicto. Ahora bien, dejando aparte toda otra consideración sobre las amargas desilusiones que, en la historia del presente siglo, han sufrido los partidarios de la guerra relámpago, parece ser que contraponer esas dos orientaciones es, en realidad, demasiado esquemático. Sobré todo, no tiene en cuenta que las razones del realismo no militan así inequívocamente en una parte sola, que, por tanto, parece encontrarse muchas veces prisionera de una mitología determinista.

Se trae a colación continuamente el ejemplo del «resistible» ascenso de Hitler a finales de los años treinta, cuando la excesiva cautela mostrada por las demás potencias europeas hizo luego necesario el estallido de la guerra mundial. Desde luego, se trata de un ejemplo histórico impresionante y seguramente -en mayor medida aún que los intereses concretos vinculados con el precio del petróleo- es ese ejemplo el que obsesiona a Bush y sus consejeros durante estos días. Sin embargo, el recurso a ese ejemplo no puede hacerse valer de manera excesivamente mecánica. Quien recurre a él piensa, en el fondo, «con realismo», que, llegadas a un cierto punto, resulta fatal que las cuestiones internacionales desemboquen en un alarde de fuerza de tipo militar, como ha ocurrido siempre en la historia pasada. Es como decir: nos hemos engañado al pensar que somos excepciones, hemos creído demasiado deprisa que por fin había algo nuevo bajo el sol, que nuestro mundo del consumismo y de la expansividad aparentemente irresistible del modelo de vida capitalista estaba destinado a no conocer ya la guerra sino como algo marginal. Todo eso era sólo un sueño. Al final la realidad vuelve a imponerse con sus duras leyes y debemos reconocerlo.

Quizá haya en eso una cierta satisfacción sadomasoquista, la misma que, en años anteriores, se entreveía en los escalofríos provocados por las crisis bursátiles, a las que se tendía a atribuir -con igual intensidad por parte de la derecha y de la izquierda- la función de restablecer el principio de realidad en un mundo que parecía vivir ya únicamente en la fantasmagoría de lo superfluo en la gran Disneylandia de las mercancías. Después de los «increíbles» acontecimientos de 2017 parece haberse intensificado aún más la oscura necesidad de que se produjera algún acontecimiento que volviera a dejar las cosas en su sitio, demostrando que, como dice una balada de Brecht, «el hombre no es un pájaro, no puede volar» (y, de hecho, el pobre sastre de Ulm que se confeccionó un par de alas rudimentarias para lanzarse desde el campanario se estrella miserablemente contra el suelo, como manda «el orden natural»). 

Por eso a los realistas les parece totalmente lógico que, una vez cerrado el enfrentamiento del Este y el Oeste, se abra inmediatamente el de los mundos del Norte y del Sur, entre los pueblos ricos de las sociedades industrializadas y los pobres del tercer mundo. Sin embargo, sin pecar tampoco de excesivo optimismo y precisamente por respeto a la realidad, podemos pensar que las cosas no son como los realistas creen. Por ejemplo, la mayor incógnita que hoy hace dudar los pasos del propio Bush (y todavía más los de muchos de los países -que han votado en la ONU el envío del bloqueo militar contra Irak) y, por tanto, el riesgo de que Sadam Husein se convierta en una especie de héroe para las masas árabes de todo Oriente Medio y, posteriormente, pudiera convertirse en el líder de los pobres del tercer mundo contra el norte consumista y explotador, supone ya una diferencia importante en nuestra situación con respecto a cualquier otra anterior, diferencia que no es necesariamente para peor.

En estos momentos, la política militar de los gobiernos debe rendirle cuentas a una opinión pública que, aun en situaciones de pobreza y atraso, no es ya tan pasiva y maleable como quizá fuera todavía en los tiempos de la propaganda del doctor Goebbels. 

El consumismo neocapitalista que constituye la ideología implícita de los medios de comunicación. de masas (y que ha contribuido poderosamente a socavar la credibilidad de los regímenes comunistas en el colectivo imaginario de los pueblos) podría consumir también las mitologías bélicas con las que cuenta el dictador iraquí. En cambio, en la imagen «realista» de la fatalidad de la guerra se demoniza, excesivamente incluso, a las masas árabes, lo que no deja de guardar cierta relación con la intolerancia que entretanto se va extendiendo en nuestras ciudades. con respecto a los inmigrantes extracomunitarios. ¿Acaso ya no sería «realista» contar también con una parecida capacidad de articulación (de opiniones, de posturas políticas, de posicionamientos de la opinión pública) por parte del mundo árabe, favoreciéndola de todas las maneras posibles, en lugar de emprender enseguida, quizá de buena fe, el camino de la guerra, que parece el más lógico, aunque tan sólo en base a las experiencias del pasado? Y eso no por un pacifismo ingenuo sino precisamente en razón de calcular el peso que podría tener en los años venideros el que se generalizase la hostilidad contra Occidente (o ahora, mejor dicho, contra el Norte) por parte de los pueblos árabes, por ejemplo con un recrudecimiento del terrorismo internacional. Teniendo en cuenta un factor como éste, haber insistido en que todo acto de fuerza sea legítimo con el amparo de las Naciones Unidas y los propios países árabes más razonables no es en absoluto la duda de unas almas pusilánimes sino más bien la prueba de un auténtico realismo. 

Muy probablemente, el amplio consenso obtenido en las Naciones Unidas sobre el empleo de la fuerza para hacer respetar el embargo, que ha sido una victoria de la nueva diplomacia de Bush, acabará obstaculizando precisamente ese carácter rápido e incisivo de la acción militar que a los realistas se les antoja el único camino que cabe seguir.

Pero eso tampoco será tan malo. Sólo tendremos que renunciar a la emoción trágica (acontecimientos luctuosos y purificación final) del gran relámpago que restablece de un solo tajo (icuánto se ha hablado en estos días de una operación quirúrgica!) la justicia y el buen derecho, con arreglo a las tradiciones consolidadas de las películas del Oeste. Asimismo, sobre todo en una situación como la actual, al sentir nostalgia de unas soluciones fuertes, rápidas y decisivas se corre el riesgo de que todo resulte luego una peligrosa ilusión.

28 abril 2017

Arrancándole la cabeza al ganso

El resurgir de una España negra, donde los odios y venganzas se zanjaban a tiros y navajazos. 

Pero lo que es de veras sorprendente es su sorpresa. No hace tanto, publicaban ustedes una foto de un joven que, colgado de un ganso, le arrancaba a éste la cabeza a mordiscos. Lleno está este país de lugares donde «la fiesta» y «la diversión» consisten en arrancarle a un gallo la cabeza o los testículos a un toro. Y nos imaginamos a las madres y novias de los mozos todas satisfechas porque no olvidemos que si cometen semejantes «hazañas» no es más que para demostrar su hombría ante el pueblo. 

Porque aquí «ser hombre» significa ser capaz de arrancarle el cuello a mordiscos a un ganso, o sacarle de una pedrada un ojo a un toro, o tirar desde un campanario a una cabra (eso sí después de haberla ordeñado), o ahogar a vaquillas después de apaleadas, o destrozar lentamente a mansos herbívoros en una plaza vestido de rosa y lentejuelas. iY luego nos causa sorpresa que dos mujeres exijan a sus hermanos que «sean hombres» y se lien a tiros (con la escopeta de caza) con medió pueblo! Se recoge lo que se siembra. Y donde sólo hay brutalidad y desprecio a la vida, donde la sangre y la crueldad son moneda corriente, sorprenderse de que estas cosas pasen es cinismo. 

Sólo cuando en España dejen de confundirse la hombría con la brutalidad, la tradición con la ignorancia y la cultura con la crueldad podremos hablar por fin de haber enterrado la España negra.

27 abril 2017

Japón sería primera potencia si no fuera por su territorio limitado

Se dice desde hace tiempo que la Trilateral constituye el verdadero núcleo rector de la economía mundial. Y lo cierto es que entre EEUU, Japón y la Comunidad Europea reúnen más del 50% de la actividad económica global del planeta; y generan impulsos y decisiones muy por encima de ese guarismo. Lo que suceda en Japón, y lo que pueda acaecer en la CE, son, pues, registros decisivos para la indagación que nos ocupa. Hablando en términos bursátiles, Japón es valor seguro. Incluso en un proceloso mar económico mundial como el que ahora vivimos, puede apostarse por la idea de que los nipones seguirán tenazmente en su propósito, si no de convertirse en la primera potencia económica -difícil por lo limitado de su territorio-, sí de situarse en la Trilateral en lugar preferente. 

Es cierto, y nos lo recuerdan muchos con tonos más o menos agoreros, los malos tragos por los que la Bolsa de Tokio ha pasado. Se subraya, además, que los valores inmobiliarios de las grandes conurbaciones niponas podrían venirse abajo; o que los propios bancos tienen problemas con sus muchos acreedores violentamente castigados por los colapsos bursátiles y por la caída de los precios de los inmuebles. Pero con todo, parece que Japón seguirá con fuerza, adelante. Continuará siendo, con toda seguridad, la locomotora de Asia y el Pacífico (incluida California). La primera razón de esa apuesta optimista, radica en la tecnostructura del super-Estado japonés, que integran las nueve grandes trading companies -los antiguos zaibatzu- y el Ministerio de Industria y Comercio Internacional, el mítico MITI Esa matriz de poder y decisión seguirá constituyendo el motor que impulse nuevos proyectos y expansiones. Todo lo anterior lo avala, en una interrelación cada vez más decisiva, el área de coprosperidad de Japón. No nos damos cuenta cabal de lo que eso significa: 1.600 millones de productores y consumidores entre Hokaido y Australia, y entre Tailandia y Filipinas. Ese área, cuyo epicentro es Tokio, alberga a una población doble que el conjunto CE+EEUU+Canadá; es el espacio económico más dinámico del mundo, con su lista actual de cuatro dragones, que se verá engrosada, a no tardar, con Malasia, Tailandia e incluso Indonesia y Filipinas. Por Japón puede apostarse. Incluso en los pocos meses transcurridos de agosto para acá, ya tuvo tiempo de revisar su PEN, para introducir en él más ahorro energético y más energías alternativas.

En cambio, en la Comunidad Europea, el ambiente que se respira no parece tan boyante. La recesión, aparte de alguna alegría pasajera de la guerra, se abate sobre el Reino Unido; y el enfriamiento que ya se sentía antes de la crisis del Golfo en los tres principales países latinos -Francia, Italia y España-, se acentúa ahora con indicadores bien negativos para el empleo. Sólo la Alemania reunificada -los «japoneses de Europa»-, tienen autoasegurado su crecimiento. E incluso tienen capacidad para servir de motor a una política más expansiva de la Comunidad, a fin de compensar la rama descendente del ciclo en que ahora nos hallamos. Evoquemos a estos efectos los meses no tan lejanos en que el señor Pöhl, gobernador del Bundesbank, la antes imaginativa SPD de Willy Brandt, y los Verdes, recomendaban más prudencia -como ahora hace el señor Solchaga a escala de los Doce-, para la unión monetaria alemana. No sabían el enorme alcance positivo, y no sólo en resultados electorales, que una acción tan resuelta y sin vacilaciones como la decidida por Kohl tendría para toda la economía germana. 

Por ello mismo, la CE, en vez de deshojar la margarita como está haciendo con su propia unidad monetaria, o con otros planteamientos de la inevitable unión económica, habría de profundizar en el lado positivo de la crisis,e impulsar el avance integratorio. Como decía Benjamín Franklin, «la peor decisión es la indecisión», y si la Comunidad Europea no se decide bien y pronto, acabaremos pagando bien caras las prudencias amedrentadas de campanario de aldea; o los temores que provienen de las aspiraciones poco confesables de conservar parcelas de poder, que ocultan a veces ineficacias e ineficiencias más que vergonzantes, como las de estos pagos de por aquí. Si en el fondo la crisis actual se debe a los bandazos del dólar -única moneda, recordémoslo, en que continúan fijándose las cotizaciones del petróleo-, lo lógico sería que la Comunidad redujera su servidumbre del billete verde, potenciando su propia unidad monetaria. Y si ese objetivo genera temores de marginación para los países del Sur, entonces que se reivindique -lisa y llanamente- que si va a haber moneda federal tendrá que configurarse la Hacienda federal; con mayores aplicaciones aún de fondos estructurales a las áreas meridionales comparativamente menos desarrolladas.

En fin de cuentas, la CE se halla inmersa en tiempos dubitativos. Su papel ante el conflicto del Golfo no ha sido demasiado digno; ni apoyó decididamente la guerra (salvo el Reino Unido siempre, y Francia de modo oportunista), ni se esforzó por la paz. En la ONU, su presencia fue más bien delicuescente, y su aceptación del mando de Washington nos retorna casi a los tiempos de sumisión de la guerra de Corea. El daño psicológico del retroceso, será importante.

En el otro lado de Europa, las cosas marchan mal, o peor. El informe sobre la economía de la perestroika que el Grupo de los Siete pidió en su reunión de Houston a cuatro grandes organizaciones económicas occidentales (el FMI, el Banco Mundial, la OCDE, y el flamante Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo, el BERD), es bien expresivo de la senda de turbulencias por la que transita la URSS hacia la economía mixta de mercado.«Al perro flaco, todo se le vuelven pulgas». Y a la URSS de un Gorbachov que tanto ha trabajado por la democratización de su inmenso país, ahora, a las grandes penurias de abastecimientos se le añade la amenaza, desde el opulento Occidente, de cortarle las ayudas anunciadas si en Lituania y Letonia no se resuelve «todo bien y pronto». Como si estos mismos occidentales no estuvieran hoy engolfados, y nunca mejor dicho, en una operación represora que por mucho que cuente con las bendiciones de la ONU, tiene unas dimensiones casi inconmensurables de destrucción y muerte. Evidentemente, en la URSS será difícil el avanzar hacia el mercado con la rapidez de otras experiencias de antiguos países de economía centralizada. El particular caso chino, tuvo, desde 1981, todas las simpatías de los occidentales; como igualmente se vio favorecido por el ingente stock de chinos de ultramar, que han servido de base financiera y humana para las catorce zonas económicas especiales de la costa de China, máximo exponente de la liberalización del país. Un segundo supuesto, el de Hungría, tampoco es el modelo inmediato para la URSS; los magiares.

26 abril 2017

ONU, Organización de Naciones Sometidas

No estoy muy seguro de que tras esta guerra surja un orden justo en el Golfo. Porque eso equivaldría a dar una falsa razón al loco de Sadam Husein, y a convertirlo en «víctima inmolada» por esa nueva justicia a la que él trató de apelar. 

No creo que Occidente consienta esto. Lo lógico por tanto es que se imponga aquella ley del «vae victis» (¡ay de los vencidos!) que acuñó no sé cuál Escipión romano. Por eso, de una manera más modesta y más posmoderna, quisiera proponer algunas metas menores. 1.- Recuperar la ley del Talión. La ley del Talión, por si ustedes no lo recuerdan, era aquella de «ojo por ojo y diente por diente». Formulada así, en frío, no cabe duda de que resulta un poco bestia. Pero recuerdo que, cuando yo la estudiaba en clase de religión, me explicaban que, aun así y todo, había supuesto un gran paso adelante en la conciencia de la humanidad; porque la ley que dominaba hasta entonces era: «Por una herida mataré a un hombre hecho, y por un cardenal a un joven» (Gén. 4,23). La guerra del Golfo ha puesto de relieve que aún andamos bastante por debajo de la ley del Talión, por si acaso alguien se pensaba que, de tanto progresar, ya la habíamos dejado atrás. Por eso, como ya nadie se atreverá a pedir que nunca haya más guerra, si al menos en las próximas tratáramos de atenernos a eso del «ojo por ojo», a lo mejor dábamos un primer pasito en humanidad. 

2- Llamar a las cosas por su nombre. Por ejemplo: a la ONU podríamos de momento llamarla ONS (Organización de Naciones Sometidas). Así quizás entenderíamos que, para llegar a una verdadera ONU, se hace necesario pasar, de la actual falsificación del diálogo, a su verdadera realidad. El diálogo es la única pobre arma que los hombres tenemos para entendemos y, entendiéndonos, no matarnos. Pero el diálogo sólo se da cuando, entre los dos, se llega a algo que constituye la mayor conveniencia para los dos (lo cual supone que ambos habrán de ceder un poquito). Mientras que lo único que existe ahora, y lo que se busca en la política internacional, es llegar a la total conveniencia mía y la transigencia del otro. Y el otro, naturalmente, sólo transige cuando no puede más. [Esta total falsificación cal diálogo tiene que ver, probablemente, con la no menos total falsificación del mercado en la que vivimos, mientras por todas partes se nos canta la excelencia de un mercado que, en realidad, casi no existe. También la gracia del mercado era que permitía llegar a la mayor conveniencia de los dos. Mientras que lo que existe ahora es una especie de «planificación central» llevada a cabo por las multinacionales y que, travestida de mercado, impone todos sus objetivos a la otra parte, contando con que la «tormenta del consumo» nos tiene a todos contra las cuerdas. 

El marketing es exactamente la muerte del mercado. Pero esta reflexión se sale del tema del presente artículo, y basta con dejarla insinuada] 3.- Superar la seducción de la fuerza. Una de las cosas más tristes de esta guerra ha sido la dolorosa cantidad de intolerancia y agresividad con que sus partidarios han tachado a todos aquéllos que, o la creían claramente injusta, o no la veían clara (y pensaban que una decisión así hay que verla muy clara para tomarla legítimamente). Desde idiotas hasta traidores, los pacifistas han debido soportar adjetivos dignos de la época de un Carrero Blanco. Y eso que, ante una decisión que cuesta exactamente cien mil muertos civiles, cabía esperar (aun para unos niveles de humanidad muy bajos) que nadie la adoptaría sin sentir cierto vértigo. Pero no era así: nadie más seguro ni más tranquilo de conciencia que los belicistas. Y, si se me permite una sospecha indiscreta, sólo encuentro una razón para esa seguridad: la seducción de la fuerza. Frente a aquello tan cacareado de que «la verdad nos hace libres», preferimos en secreto el otro principio menos exhibido de que «la fuerza nos hace seguros». Y como, si había algo evidente en esta guerra era quién iba a ganarla, de ahí esas obsesiones no sólo por apuntarse al carro de los vencedores, sino también porque nadie nos pudiera poner en cuestión esta conducta. Por eso, oyendo a muchos de los defensores de la guerra durante estos días, he recordado con frecuencia aquella verdad tan elemental del físico Sajarov (que él debía conocer bien por experiencia): «La intolerancia es la angustia de no tener razón». ¿Qué exacto, no? 

4.- ¿Sustituir el petrroleo? Por eso, debo reconocer que quienes me han parecido más honestos durante los días pasados, en su defensa de la guerra, han sido aquéllos que se limitaban a argüir: «En fin de cuentas aquél es nuestro petróleo y tenemos derecho a él; y dime tú, pacifista estúpido, si estarías dispuesto a vivir reivindicando paz, pero consumiendo la mitad de la energía que consumes». Al menos aquí sabíamos a qué atenemos. El petróleo es tan nuestro como la heroína es del drogadicto: porque nuestra adicción y nuestra necesidad son insuperables. Por eso nos comportamos frente al petróleo como el adicto cuando se ve sin droga: sintiéndonos justificados para toda clase de expolios y de agresiones. Sólo queda que, ahora que se ha restituido la paz (es decir: la seguridad de nuestro petróleo), nos paremos a reflexionar un poco: quizás cien mil muertos sean un precio demasiado alto, incluso para nuestra droga. Ahora que se nos ha pasado el mono puede ser el momento de pensar en una cura de desintoxicación. Y a lo mejor ésta podría venir por eso de las «energías alternativas». No parece que sean en sí mismas imposibles. Son sólo los intereses creados los que las imposibilitan. 5.- Recomenzar la batalla contra el terrorismo. Para mí, lo más horrible de esta guerra es la cantidad de armas que ha suministrado gratis al terrorismo, que parecía encontrarse en una hora dificil. 

Cien mil muertos civiles en cuarenta días son muchos más de los que ha producido en varios años la barbarie de ETA o del IRA. Por eso me temo que la guerra (que, tal como se realizó, ha sido un acto de terrorismo internacional), resulte de rebote, una colosal «apología del terrorismo». Argüir con la «legitimidad» de nuestros intereses, o con la legitimación de la victoria, aún complica más las cosas: pues la democracia no juzga sobre la santidad de las causas, sino sobre los medios con que se las quiere llevar a cabo. Querer dictaminar la legitimidad de las causas convertiría la laicidad y el pluralismo típicos de toda democracia en una nueva forma de confesionalidad totalitaria. Por eso creo que, cuando Felipe González desautoriza a los disidentes de su política bélica, diciendo que «hablan desde un púlpito o desde un campanario», no se da cuenta de que es lo mismo que decía Franco cuando argüía que sus disidentes hablaban desde Moscú, o lo mismo que hace ETA cuando pretende que sus críticos hablan «desde Madrid». Es decir se desautoriza olímpicamente d hecho de disentir, y no los contenidos o las razones de la disensión. En cualquier caso, me parece claro que ningún gobierno puede echar mano de un discurso pragmático para justificarse a sí mismo frente a las ingenuidades de los moralistas, y luego recurrir a un discurso moral para desautorizar a los terroristas. ¡La baraja ha de ser la misma para todos! Por eso temo que, contra la intención de sus mismos agentes, la guerra no resulte una tétrica «apología del terrorismo». Y aquí otra vez, como Sísifo, tendremos que recomenzar a subir la piedra desde abajo del todo. Paciencia. 

Al menos no se podrá decir que no nos quedan cosas que hacer. Lo anterior no significa en modo alguno que la absurda guerra del Golfo sólo nos deje tareas pendientes a nosotros. Con respeto, y sin animosidad, hay que atreverse a señalar también la decisiva tarea que deja al mundo árabe, y que, para mí, es la de una «ilustración del Islam». Hoy en día, nadie que invoque a Dios puede hablar de «guerra santa» ni de «la victoria que le va a otorgar Alá». La fe en Dios y este mundo funcionan de otro manera. Pero esto lo dejo para alguien con más autoridad.

25 abril 2017

El cura Don Camilo

Tullio Folezzni el sacerdote que inspiró al escritor italiano Giovanni Guareschi en su famosísima novela «Don Camilo» -traducida a todas las lenguas y llevada al cine- falleció recientemente en Italia a los 80 años de edad. Folezzni murió poco después de haber celebrado la misa en la clínica donde desde hace algún tiempo se había recogido, según informaron fuentes de la Comisión Episcopal de Misiones de la Conferencia Episcopal. 

Las aventuras del cura Don Camilo y el alcalde comunista Peppone, contadas por Guareshi en 1948, estaban inspiradas en la vida real de un pequeño pueblo de Parma, Nerviano. En plena posguerra, con una Italia al norte dividida entre comunistas y católicos, se produjeron enfrentamiento en toda regla. El párroco, que entonces no había cumplido los 40 años, era todo un carácter. Había ocultado en la torre del campanario a los «maquis» antifascistas y, después de la guerra, metió en su casa a los acusados de colaboración con el régimen de Mussolini. 

Tullio Folezzni era combativo con casi todo: atacaba el baile, el trabajo dominical, el comunismo y cualquier otra cosa que él interpretase que iba contra los intereses de la Iglesia. El sacerdote que inspiró a Don Camilo tenía una fuerza física comparable a su fuerza espiritual. Horma de su zapato era el alcalde, Alessandro Casar, el díscolo comunista Peppone, primero ortodoxo y después disidente, en cuyas fibras latía un anticlerical que no estaba dispuesto a dejarse pisar por el Don Camilo de turno. La salida de la novela de Giovanni Guareschi fue un éxito sin precedentes en la novelística italiana de la posguerra. Cuando el cómico Fernandel interpretó en las pantallas el simpático personaje del terco cura anticomunista, la fama de «Don Camilo» se hizo universal. 

Tras la primera novela, Guareschi, nacido en Rocambiancca en 1908, uno de los escritores humorísticos de mayor prestigio en Italia, escribiría «La vuelta de Don Camilo», «Don Camilo y su parroquia» o «El camarada Don Camilo», elevando al personaje a las más altas cotas de popularidad. La primera adaptación cinematográfica de la conocida novela de Guareschi tuvo lugar en 1952 de la mano del cineasta francés Julien Duvivier, y acompañaban a Fernandel en el reparto Gino Cervi, Franco Interlengui y Leda Gloria. Duvivier llevaría, una vez más, al testarudo sacerdote de Nerviano, un pueblecito en pleno Valle del Po, a la pantalla en plena posguerra.

24 abril 2017

Que fue de María del Mar Bonet

La cita con la cantautora será dentro del Festival Grec'91 que anualmente organiza la Ciudad Condal. Las gaviotas y el campanario de la Plaza del Rey volverán a ser testigo de su música. Pregunta.- ¿Le cuesta hacer un balance de estos veinte años? Respuesta.- !Es que han pasado demasiado deprisal. No me he dado cuenta de nada. 

P.- El próximo 4 de julio usted inicia una serie de recitales en la Plaza del Rey de Barcelona. ¿Qué significación tiene este lugar? R.- Mucho. En esta plaza he actuado en doce ocasiones, en años distintos, y durante muchos días seguidos. Recuerdo el primer día que llegué a Barcelona. Eran las cuatro de la madrugada y con unos amigos nos paramos en esta plaza. Me encantó y me puse a cantar un tema popular mallorquín que utilizan las mujeres cuando siegan. Sonaba muy bien. Pensé que era un buen lugar para cantar. iQuién lo iba a decir! P.- ¿Los mejores recuerdos de actuación también son de la Plaza del Rey? R.- Sí. Recuerdo un día que se fue la luz y seguí cantando. Se produjo una buena conexión con el público. Los instrumentos no sonaban, el público estaba en silencio, en la plaza sólo se oían las gaviotas y el campanario dando la hora. Tengo un buen recuerdo de aquella noche. P.- De su vida personal se conoce muy poco. ¿Por qué? 

R.- Creo que la prensa me ha respetado mucho. Tal vez será por la fama de arisca que tengo, ja, ja. Creo que hasta en algún momento, la prensa me ha protegido. Pero no me ha costado nada. P.- ¿Sus canciones son una forma de conocer su vida personal? R.- Por supuesto. Mis canciones son autobiográficas. Todas ellas. En mi caso existe una relación muy estrecha. P.- Usted siempre ha sido muy bien acogida en sus actuaciones fuera de Cataluña. Sin embargo, nunca ha cantado en castellano como otros grupos o solistas. ¿Por qué? R.- Me lo han propuesto muchas veces pero siempre he dicho que no. La única razón por la que nunca he cantado en castellano es porque el catalán es mi lengua. Y con esta respuesta quiero aclarar una cosa. Quiero decir que no me gustaría oír a Brassens, a Brel, a Leo Ferrer o al mismo Bob Dylan, cantar en otra lengua que no es la suya. Y esto lo digo sin ningún ánimo de comparación. Hay muchos cantantes que me gustan en su lengua, y uno de ellos soy yo. P.- ¿Se puede utilizar el idioma como un recurso comercial? 

R.- Cuando oigo estas cosas creo estar viviendo en otro mundo. Mi idioma es mi idioma, y lo normal para cualquier cantante de este país es cantar en su lengua. Me parecería absurdo escucharme en otro idioma. Siempre he respetado a todos los que han decidido cantar en castellano, pero yo me sentiría extraña. De todas formas, no le doy mayor importancia. P.- Usted pertenece a una generación muy comprometida social y políticamente. Su formación en el grupo Els Setze Jetges, así lo avala. ¿Qué opina de esta falta de militancia social actual? R.- Creo que los artistas tenemos que tomar partido por la realidad que nos envuelve. Yo siempre he estado cerca del PSUC y ahora de Iniciativa. P.- Esa militancia, ¿tampoco ha existido en sus canciones? 

R.- No, es cierto. Pero recuerdo una canción que estuvo prohibida por el franquismo. Se titulaba Que voten aquesta gen' (Qué quiere esta gente). Era un texto escrito por Lluis Serrahima que contaba la historia verídica de un chico madrileño que se tiró por la ventana cuando llamó a la puerta de su casa la policía. La estuve cantando muchos días en la «Coya del Drac», hasta que un día se presentó un policía que entendía catalán y la prohibió.